Es muy temprano y para mí lo confieso es imposible hablar de la madre de las musas, la cita de hoy es bastante complicada o mejor me coimplica de otros modos, a sabiendas que de sus usos y abusos se trata. Pido perdón por ser tan incompetente para abordarla a ella, quizá como ustedes posiblemente quisiesen. Pido perdón también por abusar de Todorov y en últimas por abandonarlo como si ya de antemano nos encontráramos en un círculo, el arriba y yo abajo o viceversa, pero esto no importa, está más allá del bien y del mal. Confieso también, la alegría de escucharlo, los afectos que pudo desprender cuando lo leía; creo que es una distancia, un movimiento el que hace posible que estemos conversando. Quizás nunca nos encontraremos, la memoria es del tiempo y el gesto con el que nos allega Todorov, concita unos pasajes urgentes para estos tiempos. Pero vamos muy rápido y la memoria así puede echar a perder su potencia.
Ejercitemos otros modos. Ensayemos lo siguiente, es cierta distancia la que hace posible la memoria, nos importa esta, en tanto podemos marcar la diferencia, diferir en el tiempo y en el espacio; no hay razón para erigir la identidad, el culto de la memoria per se, esto tal vez sería un abuso encubierto, que sería peor, en cierto sentido, que la sacralización o la banalización que nos señala en el texto Todorov.
Lo que siento con vitalidad y que lo dejan ver otros de sus textos, es cierta invitación, que en mí a llegado como un llamado a la escucha de unos testimonios afectados, él, a lo mejor sea uno de estos escritores que a la altura de los tiempos ensaya una apuesta no tan disciplinada, una apuesta y compromiso con el otro, como otro radical. Lo que se trata aquí adquiere fecundidad cuando lo concebimos como cuestión de humanidad, de semblante ético-político, más que como venimos viendo fenomenológico, epistemológico y hermenéutico. Primera torsión no sólo lingüística sino exigentemente ética.
Esto de entrada me incita, lo que viene, siempre lo evoca en cada momento mi escritura. No sé de entrada nada, ni tampoco quiero tener por mucho tiempo la palabra. Creo más en el gesto, en ese murmullo anónimo, en ese anacronismo que tanta falta nos hace para pensar lo que viene. Quizá si se nos tienta pensar lo que viene, percibo en clave poética y política todo un desplazamiento que además de perturbar el silencio y las buenas conciencias, nos dispone en el espacio de la experiencia, en aquel presente vivo donde podemos, conversamos y devenimos.
Permítanme recordar, es decir hacer una digresión, cuidar lo inolvidable de las palabras de un maestro que me exhortaba casi siempre cuando de historia conversábamos; la pregunta al parecer ingenua era esta: será que ya hemos aprendido la lección en un tiempo que da a pensar. Es de escuchar con serenidad, este tono que a primera resulta impertinente, en tiempos de abominable alfabetización industrial; a la par de poner en perspectiva, que ese aprender la lección, no supone aludir a constatar una realidad, ni tampoco a resucitar un pasado a partir de una lógica argumentativa, ni del consenso.
La fuerza de la cuestión, es para mí cuestión de las fuerzas, del cuidado y su cultivo, como también de la deuda, que es un compromiso con el por-venir. Lo que para Ricoeur es la promesa, es lo que aquí ha de suscitar una interrupción, lo que ha de llamarnos, lo que llama al perdón, lo que llama al movimiento del presente. Es entonces cuando la dimensión ética y política se hace necesariamente manifiesta, en el encuentro feliz entre resistencia-creación que es hoy un lugar que tienta a las potencias del pensar en el mundo contemporáneo.
Para Todorov, la memoria del siglo está puesta en juego, las preocupaciones por las lógicas totalitarias, por los campos de concentración, hacen aparecer entre líneas y mediante una lógica negativa, una pregunta sobre qué hacer con el poco de humanidad que nos queda, después de haber extraído las lecciones del siglo.
Pero nos preguntamos, pragmáticamente, por el quehacer de la pregunta en cuestión, por el quehacer de la memoria, por la madre de las musas, con cierto aplomo y es la pregunta por el quehacer con lo poco que nos queda y seguido, con quiénes lo estamos cultivando. Entonces, qué hacer de la pregunta por el resto y por la resta. Garaicoa, un reconocido artista cubano, nos ha interpelado con sus fotografías e instalaciones, sobre esta transición del fragmento, de las ruinas, insinuando poéticamente y como condición de lo que queda, lo que aún no tiene lugar, lo que aún no llega y no podemos prever porque es fecundamente lo im-posible, el acontecimiento.
La memoria, es una de las condiciones de la elección en el presente vivo, de ahí lo que denominé ligeramente torsión, nos tiente a pensarla en sus rasgos políticos. Quién elige entonces hoy, quiénes sintiéndose afectados por la inercia, deciden resueltamente no aplazar lo improrrogable, lo que no espera, lo que abre un espacio, lo inconfesable y misterioso, la donación y la acogida, la justicia y el perdón, el deseo y la existencia.
Invoco silenciosamente a leer la siguiente exhortación, para que habitándola con jovialidad nos seduzca, nos desvíe y ya nunca más volvamos
¿Quién de todos nosotros ha aprendido esta lección?
Andrés David Fonseca Díaz
Maestría en Educación